-O sea…que lo haces por amor al arte, ¿no?
—
-No, porque creo que es la única manera de hacerlo.
Hace 5 años mi intuición me llevó a cambiar mi rumbo. Fue tan rápido el cambio que los primeros días en Calcuta siempre me acostaba y lo primero que pensaba era ¿qué estoy haciendo? Era un sentimiento de confusión, pues había soñado irme lejos y explorar la humanidad a fondo, pero no sabía por dónde comenzar. Cada vez que despertaba, a las cinco de la mañana por el ruido del tráfico y con el olor de los inciensos de la mañana, lo primero que pasaba por mi mente era ¿Qué hago aquí? Tenía terror. Ya no estaban mis padres conmigo. Era la primera vez que me iba lejos y en un arrebato de inspiración me había ido al punto más lejano de mi México tan querido.
Me sumergí en ese mundo al que nadie quiere ir. Yo tan soñadora, me metí a la ciudad donde los sueños se acaban abrumados por una realidad de odio, rencor, miedo y mucho sufrimiento. Esos días, esos meses, yo no sabía qué hacía ahí, más ahora que veo atrás, no me es nada extraño el que mi vida me hubiera llevado a terminar ahí, o más bien, a comenzar ahí.
A mis nueve años, cuando la vida me regalaba seguridad y bienestar, fui arrebatada de mis padres junto con mis hermanas. Un día común y corriente, un secuestro me hizo saber que era de carne y hueso y que este mundo era real. Odio, rencor, miedo y mucho sufrimiento. Tenía conmigo una parte de mi familia, mis tres hermanas, y la impotencia me asfixiaba, pues no podía protegerlas, no podía proteger a lo que más amaba y sufrían y sufría y así esa niña pensaba ¿qué estoy haciendo aquí?
Mi viaje a Calcuta no se había desenvuelto así de la nada. No se trataba de explorar la humanidad a fondo, se trataba de encarar mi pasado, se trataba de explorar a Paula a fondo y encarar mi odio hacia la vida, mi odio a Dios y a la Diosa por haberme abandonado cuando mi alma rogaba día y noche, y sin escuchar respuesta decidió seguir caminando humillada. Caminaba con una vergüenza en su corazón pues pensaba que no era acreedora del amor de lo divino, porque esa noche, esa semana, esos 10 días, Dios nunca llegó…
A los 18 años solté la mano de mis padres, solté mi seguridad y me sumergí en los rincones de la oscuridad de la vida. Me rodeé de la penumbra, de la desolación, me sumergí en un mundo de odio hacia Dios, pues así como él no había respondido a mis lágrimas de años atrás, tampoco contestaba los rezos de las calles de Calcuta.
Así seguí mi camino por otros rumbos, caminando por horas, días y años, hasta que me encontré con otra atrocidad. Después de 4 años de ser vegetariana por un giro natural, encaré el genocidio hacia los animales. Entre más investigaba, más le quería vomitar a la humanidad su tanta ignorancia. ¿En qué momento habíamos llegado tan lejos? ¿Qué hacía yo ahí? Fue un día común y corriente que me aferré. Me aferré a decir no a comer nada que tuviera que ver con el sufrimiento hacia los animales. Pasé un año tres meses antes de que mi doctora me dijera lo que yo ya sabía, había lastimado mi cuerpo… me estaba lastimando.
Lloré tres días seguidos, mi corazón estaba destrozado, pero en realidad mi corazón estaba lleno de rencor hacia Dios y una parte de mí ya no quería intimar con la vida. Ese enojo hacia la Creación, era también un enojo hacía mi propia esencia y así por más de un año dejé de meditar, dejé de hacer lo “correcto” pues no había logrado nada haciéndolo en el pasado. Regresé a mi adicción a la nicotina y seguí descuidando mi cuerpo. Pero lo que realmente pasaba era que dentro de mí había una chiquilla aterrada. Con frecuencia me preguntaba ¿Qué estoy haciendo aquí? Pero mi niña no quería afrontar la respuesta, quería seguir quejándose del mundo, pues me paralizaba el miedo de tener que entrar a la herida para sanar el alma.
Así un día desperté de ese sueño, no sé bien cómo pasó. Creo que fue mi añoranza por meditar, por conectarme. Creo que fue ese amor a la vida que guardaba en secreto, pero realmente creo que fue mi anhelo de amarme a mí misma con más profundidad. Pues yo mejor que nadie sabía que no hay persona en este mundo que sabe cómo apapacharme y quererme, sonreírme y amarme, mejor que yo. Yo: María.
Hice mis maletas, para retomar ese camino hacia el bosque del atardecer. Vi a Paula, la niña. Vi sus pantalones verdes ¡cómo olvidarlos! Vi su playera de niña; vi sus ojos de dolor y la abracé. Me lloró, me lloró por días, semanas y meses, también yo le lloré. Y noche tras noche, regresé a ella para asegurarle que yo estaba a su lado. Le recordé secretos de nosotras, le conté de las fuentes de amor y de los pájaros que nos cantaban en la cuna, le canté. También le hable de Dios y de la Diosa y cómo ellos seguían meciendo su cuna, seguían dándole las buenas noches a la niña y seguían haciéndome carcajear por los días…porque en realidad nunca se fueron. En realidad esos diez días estuvieron ahí y nos abrazaron en cada anochecer y en cada amanecer del secuestro. Dios me tenía tomada de la mano cuando unas voces de unos hombres en dolor me decían que me preparar para morir, y así Dios apretaba esa manita de niña, como una señal de nosotros, con esa señal yo volteé a mi mano más de una vez, para ver el mensaje que me había dejado pintado en la palma: Una línea de la vida tan larga que me hacía sonreír—que todavía me hace sonreír. Dios nunca se fue, la Diosa nunca me abandonó. Y ni siquiera me dejaron ir cuando me aferré a odiarlos.
Me encontré conmigo, me encontré con María el adulto. Me encontré con esa mujer que después de tantas vidas en una, supo tomar responsabilidad de su vida. No habían más culpables, no habían más abandonos, era yo— siempre fui yo. Me armé de valor, crucé el puente e hice lo que muy pocos sabemos hacer: me amé, con todos mis defectos me amé, con todas mis maravillas me amé…y así me convertí en adulto. Ya no trato de sanar al mundo, porque el mundo no está deficiente. La vida no es un error y con esos ojos veo al mundo y lo amo. Con todos sus defectos lo amo, con todas sus maravillas lo amo. Todos los trazos de la vida, son caminos del alma, no hay equivocaciones ni errores en eso. Eres tú, soy yo, es nuestra alma y así comienzo hoy por decirte que a la persona que yo más amo es a María, mi amiga, mi compañera, mi eterna amante de la vida. Y así me convierto en adulto, me amo y al amarme tomo completa responsabilidad de mi vida. Completa responsabilidad de hacerme sonreír cada día.
Gracias por tu compartir!!! Profundo, Enriquecedor y disfrutable!!! Muuuchas gracias por dejarme saber de cerca como ha sido tu proceso!! lo admiro y respeto!!! Es un honor tenerte acá reconociendo que si se puede!!!! Gracias, te quiero mucho!!!
Besos,amor y alegría!!!!
Alicia
Gracias Alicia, estoy contenta que te veo ¡este fin! Muchas sonrisas para ti