Nada hay que no haya sido primero un sueño.
—
¿Llamas a tus hijos a cenar cuando están frente al televisor y parece que están sordos? ¿Le hablas a tu esposo o esposa mientras ve la televisión y no te hace caso, parece que está en trance? Pues que no te sorprenda, tu familia es normal… quiero decir, tu familia está hipnotizada frente al aparato. Y ¿por qué se da este fenómeno? Porque la Televisión no presenta imágenes, en realidad lo que vemos en la pantalla es una serie de puntitos que recorren 525 veces una línea, 30 veces por segundo. Esto crea la ilusión de que estamos viendo una serie de imágenes, como en el cine, cuando en realidad no es así.
Lo interesante es que el ojo tiende a seguir los objetos en movimiento, pero cuando el movimiento es demasiado rápido, como en este caso con la televisión, el ojo se inmoviliza. Por eso, si observamos a una persona viendo la televisión vamos a darnos cuenta que no mueve los ojos, sino que permanecen quietos. Pero cuando los ojos se inmovilizan también se desenfocan. Esto a su vez pone a las personas en un estado similar al estado de trance, estado también llamado alfa. Lo describen como un estado en el cual no estamos ni despiertos ni dormidos; es un estado de semiconciencia, en dónde, y aquí viene lo delicado, estamos especialmente susceptibles de influencia.
En un estudio realizado en Australia descubrieron que las personas mayores de 14 años pueden mantenerse a voluntad despiertos, pero que esto no es posible para los niños y las personas mayores. ¿Qué quiere decir? Pues que nuestros niños y ancianos están ingiriendo todo lo que ven en la televisión, así como los adultos que no se mantienen despiertos a voluntad. Todas las opiniones, comentarios e ideas que se transmiten por el televisor, son recibidos sin ninguna barrera, sin ningún tipo de filtro ¡van directo al subconciente! En este estado de trance somos completamente susceptibles de influencia.
Permíteme hacerte la siguiente reflexión ¿serías capaz de dejar a tu hijo toda una tarde en un parque solo para que converse con cualquier extraño que se le acerque? ¿Lo verías a lo lejos platicando con una persona desconocida y dirías, “No importa quién es ni qué le diga, al cabo lo tienen muy entretenido.” Creo que no. Sin embargo, eso es lo que pasa cuando dejas a tu hijo frente al televisor solo. Estás permitiendo que un sinnúmero de personas le hablen de cualquier tema. A estas personas no les importa la edad de tu hijo ni el efecto que tiene lo que le transmiten. Tu hijo es un simple receptor pasivo y todo se lo cree. Todo.
Por eso tenemos tanta responsabilidad cuando nuestros hijos están frente a la televisión. La televisión en sí no es ni buena ni mala. Es el uso que hacemos de ella lo que puede resultar positivo o negativo. Es como un cuchillo, si lo utilizo para cortar pan, es una herramienta excelente, pero si se lo encajo a mi vecino porque me disgusta, resulta nefasto. Necesitamos estar presentes cuando nuestros hijos ven la televisión. Tener el valor de decir “Eso no es para ti hijo, cuando seas mayor lo puedes ver.” O acercarnos y apagarles el televisor, “Has estado sentado frente a ese aparato una hora, necesitas pararte y hacer otra cosa. Vete a jugar afuera o ponte a leer.”
Si quieres educar a tu hijo, no puedes dejarlo hipnotizado todas las tardes frente al aparato. De ser así, los que lo están educando son perfectos extraños y que no te sorprenda cuando no reconozcas cómo piensa y cómo siente tu hijo. El televisor puede ser un excelente entretenimiento y medio de aprendizaje, pero nos corresponde a los padres estar presentes para decidir qué pueden ver y cuánto tiempo. Somos nosotros los responsables de su educación. Asumamos nuestra responsabilidad de guiar a nuestros hijos con conciencia.