El amor verdadero, el amor ideal, el amor de alma, es el que sólo desea la felicidad de la persona amada sin exigirle en pago nuestra propia felicidad.
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“Querida: Aún en medio de tu desesperación, de tu tristeza, de tu decepción; recuerda y busca el camino que espera por ti.”
Concepción.
En el anverso de un separador, el cual recibí cuando tenía nueve años de edad, mi tía escribió esa frase; entonces, no significaba mucho, pocas referencias existían en mí vida, sin embargo lo guardé. Crecí, ella y yo nos distanciamos, diferencia en opiniones supongo, sinceramente no lo sé de cierto, sólo sucedió; dejé de verla, de tener contacto con ella por casi diez años; quizás carezca de importancia ahora, porque, nos hemos reencontrado…
Las relaciones intrafamiliares son bastante complejas, aquellas con los abuelos, los padres, los tíos, los hermanos, y demás integrantes que se van derivando; cuñados, sobrinos, primos, etcétera. El caso de mi familia es bastante común, dejemos atrás el estándar de medición para calificar a una familia ‘normal’. Hasta la fecha no he conocido a una sola, si eso existiese.
La mía ha tenido bastantes desacuerdos, mis papás han vivido gran parte de sus vidas adultas lejos de sus hermanos, no únicamente en distancia física, sino emocional, por consecuencia, hasta hace pocos años las generaciones posteriores, es decir, los primos, nos hemos frecuentado. Hice varios descubrimientos en cuanto a preferencias de estudio, estilos de vestir, de arreglarnos, puntos de vista en ciertos aspectos, y a decir verdad, mucho coincidimos, no sólo por ser un fenómeno generacional, sino por algo maravilloso: compartimos genes.
Hace una semana, mi hermana mayor me propuso el reencuentro con mi tía, no lo pensé demasiado, el tiempo se lo lleva todo hasta que desvanece los motivos del pasado, y uno ya no sabe por qué sigues sin entablar relación con ese alguien importante. Dije que sí, al fin de semana siguiente emprendimos el viaje.
Yo, no sabía qué esperar, mejor decidí no esperar nada y dejar las cosas fluir a su propio curso.
Creo que, en gran parte cuando te reencuentras con alguien de tu familia, se recupera parte del marco de referencia, de quiénes somos, se responden a muchos porqués; en gustos, disgustos, preferencias, inclinaciones, manías, etcétera, y recuerdas pequeños detalles importantes que te hicieron convertirte en el ser quien eres hoy.
Hoy, las cosas ya no las veo igual que hace diez años, ni siquiera las aprecio igual que ayer, constantemente cambiamos, conocemos personas diferentes, miles de ellas a través de los años, a unas las conservamos, a otras no, y si se cuenta con la suficiente suerte, permanecen o a su debido tiempo, regresan.
No voy a negar que me siento algo desfasada, mi vida y la de mi tía siguieron su marcha, nos adaptamos, aprendimos a respetar y convivir con la distancia entre ambas, se hizo cotidiana, como alguna vez lo fuera la precedencia de una y otra.
Actualmente sabemos tan poco de quiénes somos, intento crear un mapa mental a partir de la mujer a quien conocí; es la misma, posee su peculiar voz, el atinado sentido del humor, su esencia se siente igual, inmutable; el arreglo meticuloso, detallado, y combinado como antes, pero ha cambiado su perfume, si no es así, su aroma lo noto distinto. Ciertamente somos las mismas, pero diferentes.
Siento como si me hubiese suspendido, en una especie de espasmo, cerré los ojos, viajé por eones, me transformé sin notarlo: de regreso, fijo la mirada para darme cuenta que el tiempo lo sabe todo, y supo reencontrarnos, corresponde ahora, reconocernos.
Vuelvo al anverso de ese separador; el cual desde hace mucho he colocado en un lugar visible, aún con la ausencia de ella, en determinados momentos tristes, sólo esa caligrafía y el abrazo de mi madre me consolaban. Tras perderme de mí misma, después de múltiples decepciones personales, al igual que corazones rotos; en particular la última frase se conserva grabada en mí mente para realizar la misión de levantarme, sin importar la ofuscación.
Así tía Cony, de manera incesante, recuerdo y busco, ése camino que espera por mí…