Nada como subir al columpio y llegar al cielo.
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Germán, físicamente es guapísimo, además de encantador; con clase, viste impecable (bueno, en la universidad era fachosón), de buena familia, es “el marido perfecto” para muchas señoras que quieren casar bien a sus hijas, es inteligente, culto, educado, viajado. Es llamativo hasta decir basta, de entrada mide un metro ochenta y tantos, tiene figura atlética porque es muy “deportivoso”, blanco, bronceado, de cabello castaño… Mercadólogo de profesión y empresario.
Yo lo conozco desde siempre, sus papás y los míos son los mejores amigos. Yo no tengo hermanos y él es el “bebé de su casa”, solitario porque sus hermanos (todos hombres) le llevan muchos años, así que “nos adoptamos”. Nos conocemos al derecho y al revés, nos contamos todo, no nos peleamos como suelen hacerlo los hermanos porque obvio no representamos competencia ni amenaza con los papás.
La gente no muy cercana no entiende del todo nuestra “relación”, hay los que juran que terminaremos casados algún día. Los pretendientes (as) y algunos ex novios (as) sencillamente no nos toleran. Hasta mis amigas se han puesto celosas, no sé si es porque si para alguien estoy siempre e incondicionalmente es para él o les da envidia que él siempre está para mí de la misma manera.
En mi mundo es sencillamente “Germán”, mi familia, mi cómplice, confidente, hombro para llorar, oreja para escuchar, mi consejero, mi mano derecha e izquierda porque el “don” es ambidiestro, mi alma gemela, mi chofer, mi compañero de juegos en la infancia y hasta chaperón. Desde que somos niños hemos viajado juntos y en casa de mis padres él tiene su habitación y en la de los suyos yo tengo mi propio espacio, su familia es como una extensión de la mía, cuando sus padres viajaban él se mudaba a mi casa y viceversa.
A algunos pretendientes míos les ha acomodado pensar que Germán es homosexual, pero no, está reacio al matrimonio, pero ya llegará la mujer que le haga cambiar de idea.
Es extremadamente preciso, minucioso, perfeccionista. Es muy sincero y “seco”, es tajante y terco a más no poder, ni qué decir de lo “divo” que puede ser cuando se lo propone y me choca admitirlo, pero siempre tiene razón, ¡ash!