Quines conservan la paz interior son inmunes a las enfermedades nerviosas y orgánicas.
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El fin de año es mi tiempo favorito por muchas razones. El clima, por ejemplo, es ideal porque puedo salir a las calles de Querétaro sin querer arrancarme la ropa, tirarme a una alberca de agua helada y llegar nadando a donde sea que voy. En otoño puedo usar todos esos suéteres, bufandas y gorros de telas suaves, ligeras y tibias, sin llegar al exceso del invierno que exige un abrigo pesado.
Hacia el fin de año, por alguna razón, se me antoja más salir con mis amigos en vez de quedarme en mi casa. O incluso salir a recorrer las calles del centro que se cubren de colores, olores y sabores que no están ahí el resto del año. Y siempre, invariablemente, es en estas fechas me entra el entusiasmo por rediseñar mi vida.
Será que en gran medida el otoño y el invierno representan ese proceso, tan misericordioso, de “morir y renacer” que no deja de fascinarme. Los árboles que todo el año apechugaron con sol, lluvia y contaminación, en esta temporada se dejan morir, pierden sus hojas y sus flores y por algunas semanas dejan la ciudad viéndose café. A mucha gente esto no le gusta. ¡Pero a mí me encanta! Porque son precisamente esas semanas en que todo se ve muerto las que hacen que en primavera, cuando vemos nuevas flores y nuevas hojas, el corazón se nos llene de emoción. Son esas semanas de jacarandas secas las que hacen que esperemos con ansia la temporada cuando las avenidas y parques se pintan de morado.
Son esas semanas cafés que percibimos con nuestros sentidos las que se escabullen hacia nuestro subconsciente y nos hacen pensar: hay que limpiar, sacar lo viejo y decorar con lo nuevo.
Entonces empezamos a pensar en nuestros propósitos de año nuevo, que no son otra cosa más que poner en papel nuestro mejor yo. El yo que quisiéramos ser, el yo que si logramos ser nos haría considerarnos mejores, más guapos, más inteligentes, más cultos, más felices. ¡Qué cosa más curiosa! Podríamos hacer este auto-análisis en cualquier otro momento del año, pero no lo hacemos. Quizás sea porque todo se ve tan seguro con la inercia de una rutina que si hiciéramos un alto, digamos en mayo, para evaluarnos y mejorarnos, nos sentiríamos fuera de lugar o anormales, como si algo estuviera mal con nosotros que no está mal en el resto del mundo. Pero, a fin de año, todo a nuestro alrededor está cambiando. Y es entonces que nos permitimos decir “esto me gusta de mí, esto no, esto quisiera” y verlo como la cosa más natural. Nos permitimos sentir esa emoción de imaginarnos siendo nuestro mejor yo. Es como si limpiáramos nuestras paredes, y frente a un cuarto blanco tuviéramos mil muestras de colores para escoger con cuál pintarlo. Es el momento ideal para morir y renacer de nuestras cenizas, sintiéndonos en armonía con el mundo. Es el momento para perdonarnos y olvidarnos de lo que hicimos que no nos gustó, y enfocarnos en lo que nos hará sentir orgullosos de ser quien somos.
Yo vivo este proceso cada año de una forma muy tangible, y pese a que difícilmente noto cuándo se da el cambio, para los que me conocen es exageradamente obvio. Por ahí de Octubre, me da por pasar horas en Internet. Veo páginas varias, no necesariamente nuevas, pero que muestran cosas con diseños nuevos; coches, cuartos, muebles, recetas, ropa, accesorios, artículos decorativos, en fin, de todo. Si veo TV, busco canales de renovación de casas, renovación de imagen, y lugares donde vacacionar. Cosa curiosa porque el resto del año lo que me atrae son series que ya conozco, y aunque ocasionalmente veo programas de recetas y diseño, nunca me cautivan tanto como en Noviembre y Diciembre. Además me da por reacomodar mis cajones y mi clóset, y si puedo, el resto de los cuartos de la casa.
Supongo que inconcientemente, desde Octubre empiezo a recolectar información para rediseñarme, voy guardando elementos que o ya me representan o me gustaría representar. De manera que cuando llega el fin de año, yo ya estoy brincando de emoción por poder ser, oficialmente, una persona diferente y mejorada. Obviamente es entonces que quiero compartir con todo el que se deje mis propósitos de año nuevos, o las imágenes que me gustaron de Internet, o las siguientes vacaciones que quiero hacer a un lugar lejano. En fin, para entonces quiero mostrar todos esos colores que estuve recopilando en esas semanas en que todo era café. ¡Qué rico es compartirse así, ¿no?!
Claro que de esos días de euforia y un equilibrio perfectamente diseñado, decorado y perfumado, el siguiente diciembre sólo quedarán un par de cosas. De mi lista de 10 propósitos, habré cumplido 3 ó 4. Pero eso es historia aparte. Por ahora, ¡celebremos esta magia, esta maravilla de poder reinventarnos y vibrar ante las posibilidades ilimitadas de un nuevo comienzo hecho a la medida y como se nos pegue la gana!
Hola… re lindo.